viernes, 7 de junio de 2013

Revolución turística en el salar de Uyuni

Unos chicos más o menos polvorientos llegan hasta este lugar para reproducir esa foto que siempre funciona: en un espacio impreciso, donde no hay horizonte porque el cielo parece pasar de largo y formar un mismo lienzo con la tierra, donde todo es luminoso, brillante, como en un estudio con los reflectores puestos al máximo, en ese lugar los chicos saltan. La cámara se encarga del resto. 

La foto los inmoviliza en el aire como si estuviesen en un sitio de coordenadas imprecisas, aunque la realidad tiene límites muy precisos: el lugar de esta foto es el salar de Uyuni, el campo salino más grande del mundo, en Bolivia, a 45 minutos de vuelo de La Paz.

Revolución turística en el salar de Uyuni


Ese lugar que pronto va a cambiar notoriamente (y ya se empieza a hacer evidente). Hace no demasiado se confirmó la noticia: Uyuni, el salar de las fotos, sería escenario de una de las etapas del ya legendario Rally Dakar y, lo que es más importante (para el negocio, para el turismo, para el salar y para la ciudad de Uyuni), del circo mediático que lo sigue.

Decenas, cientos de todoterrenos, motos, camiones, y la vorágine usual de vehículos de apoyo junto con la ciudad flotante de carpas que alberga a los equipos, se instalarán en este lugar, pasarán veloces por esta larga planicie blanca, que para esa fecha -enero de 2014- posiblemente esté cubierta por una delgada capa de agua, un gesto de la naturaleza que sólo ayuda a aumentar el efecto surrealista que produce el salar en las cámaras.

La noticia de la llegada del Dakar, que todos celebran, también inquieta un poco. Uyuni es el municipio más visitado del país, según las estadísticas del Ministerio de Cultura y Turismo. Aquí vienen unas 250 personas por día, una cifra absurda frente a las 50 mil que deberían merodear para el Dakar, el 12 y 13 de enero.

"Ya no damos abasto, señorita", dice Eduardo Mamani, que es el administrador del aeropuerto local, que se llama Joya Andina y que fue inaugurado hace poco, luego de largos años de anuncios y postergaciones.

Mamani dice que el aeropuerto se había proyectado para recibir uno o dos aviones al día, así que un tercero ya significa un alza de 50 por ciento. Y a veces aparece un cuarto.

"Nos hemos sorprendido de que hay mucho más interés por venir hasta acá de lo que imaginábamos", dice. Rápidamente retoma su postura de funcionario y dice que el mismo presidente Evo Morales ha manifestado su decisión de ampliar el aeropuerto. "Así como estamos hoy no hay forma de que aguantemos lo que se nos viene", comenta mientras señala un cartel que muestra las fronteras de Chile, Argentina y Bolivia, unidos por una ruta que se identifica como Dakar 2014.

Pasado de oro

A principios del siglo XIX, Uyuni era el epicentro de la red ferroviaria de Bolivia y la estación principal de un tren que llegaba hasta Antofagasta. Así, este pueblo en medio del desierto, y pegado a un salar que entonces parecía no importarle a nadie, se convirtió en una ciudad por la que circulaban riquezas, donde había intercambio cultural. Eso ya pasó.

Ahora, el salar es todo. Es la nueva razón de ser para esta urbe de tonos amarillentos y construcciones bajas, donde viven unas 35 mil personas, una cantidad razonable frente a las cifras inquietantes de hace unos años, cuando se temió que todo esto terminara como un pueblo fantasma. En 1992 la población llegaba a 20.000 personas. Cuando el sistema ferroviario local colapsó, hacia 2004, la cantidad de habitantes con suerte llegaba a los 11 mil, y seguía bajando. Pero ocurrió lo de las fotos.

Algunos viajeros parten hacia los hoteles de buen nivel repartidos en las vecindades del salar -que permiten tomar desayuno con vista a la gran planicie salina, que tienen instalaciones cómodas, de diseño, que parecen estar en el salar, pero sólo hay un hotel así, el resto está cerca del salar-, y el resto de los viajeros, la gran mayoría, parte hacia el poblado de Uyuni en un viaje por camino de tierra que dura unos diez minutos.

En la ruta se ve lo que se sabe o se sospecha: que queda poco de la abundancia que habría alcanzado este lugar durante los años de su esplendor ferroviario, y lo que más se ve son casas de adobe.
Más tarde, en la ciudad, el oficial mayor de la Alcaldía, Arturo Nico Mamani, dirá que la situación es precaria. Ahora ocupa el segundo escalón de las autoridades municipales locales, una situación inesperada para él, que en un momento de su vida juró irse de Uyuni y nunca volver. Una promesa que, dice Mamani, es común entre los jóvenes locales.

Mamani cuenta que se fue a La Paz, pero que volvió a Uyuni porque "así se dieron las cosas". Y cuando volvió se encontró con una ciudad donde todo se centraba en el salar.

Arturo Nico Mamani es de los que ahora vuelve a creer que hay futuro para esta ciudad, gracias al salar.

Entre la cantidad de ofertas para salir hacia el salar, o hacia alguno de los otros hitos naturales que hay en la zona -como las lagunas Verde y Colorada, o el volcán Tunupa (en el área del salar) y el desierto de Dalí, un sitio llamado así por las mismas agencias porque parece la locación de los cuadros del pintor surrealista-, ya está incluido también el tour por la ruta del Dakar. Es el buen ojo de los comerciantes, aunque en el fondo es un recorrido muy similar -por no decir igual- al que hacen desde hace tiempo los Jeeps que llevan turistas hasta el salar.

En el centro de Uyuni, donde está la plaza principal y la Alcaldía, se repite la misma escena: frente al gran reloj de la plaza, decenas de aporreados vehículos 4x4 se llenan con grupos de hasta seis mochileros. Luego de revisar una y otra vez el amarre de provisiones, los choferes se unen a la caravana que desde las 10 parte con estos viajeros que vienen a ver este pedazo de cielo reflejado en la tierra que es el salar boliviano.

El recorrido hacia Uyuni, hacia el salar, a falta de horas de aclimatación comienza a provocar problemas en mi equilibro. Esta zona promedia los 3600 metros de altura sobre el nivel del mar. Hace frío.

Al otro lado de mi ventana ahora se extienden los diez mil kilómetros cuadrados del salar más grande del mundo. Un salar tan grande y que es tan bueno espejo (el reflejo en este salar es hasta cinco veces más potente que el océano) que algunos satélites lo usan para calibrar sus instrumentos de medición. Ahora mismo, uno o más satélites pueden estar apuntando a este lugar.

Fuera del Jeep, decenas de viajeros se bajan en busca de la escena surrealista. El brillo es tan intenso que es fácil caer en un estado que combina un poco de mareo y confusión visual. Hacia donde uno mire, la gran masa de sal se extiende sin final aparente y sólo unas cuantas pequeñas islas de tierra, salpicadas con cactos, se levantan para quebrar el pliego blanco.

En alguna parte de este salar se extrae litio. En agosto último, Bolivia instaló la primera planta piloto para explotar este recurso mineral, tras un convenio que involucra como comprador al consorcio surcoreano Kores-Posco. En Uyuni, la ciudad, la noticia se recibió con la misma expectación que el anuncio del Dakar 2014: el salar ya no es sólo un hito turístico ni el escenario de una gran carrera, sino la expectativa real de más trabajo y desarrollo para la zona.

En el salar mismo, a nadie parece importarle el asunto. Nada importa demasiado salvo el salar y las fotos de los turistas.


RGP
El Universal Destinos

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