jueves, 5 de septiembre de 2013

El Salar de Uyuni

¿Cuál es la mejor época del año para visitar el salar de Uyuni? Agustín Echalar, un gran conocedor de esta belleza natural dice que “si uno vive en Bolivia debería ir por lo menos dos veces: una en época de lluvias, mejor dicho cuando las lluvias ya han inundado buena parte de esa inmensa planicie, porque es como ir por un momento al cielo, pero en auto. Es como estar en un lugar donde no se distingue entre el cielo y la tierra,  como viajar en  carro estando entre nubes”. La otra, por supuesto, cuando el agua ya no está.

El Salar de Uyuni


Para quienes la economía es lo más importante, el salar de Uyuni, antiguamente llamado Salinas de Garcí Mendoza, y antes, vaya uno a saber, es sinónimo de litio. En efecto, allí, bajo esa inmensa capa blanca de sal, existe una enorme cantidad de bolsones de agua que contienen ingentes cantidades de ese metal tan requerido en las tecnologías modernas. Se trata de la reserva más grande del mundo y, si se la explotara, podría monetizarse en un monto de dinero inimaginable. El Gobierno tiene las pretensiones no sólo de explotarlo, sino de industrializarlo, y se sueña inclusive con fábricas de baterías y de carros eléctricos.
 
Aunque ese sueño está lejano, y tal vez no llegue a concretarse, mientras tanto hay otros motivos, menos convertibles en oro, pero mucho más estéticos, para ocuparnos de ese inmenso desierto blanco y su irreal paisaje, esa inmensa planicie de alrededor de 10.000 km cuadrados que se halla en la frontera entre los departamentos de Oruro y Potosí, en la parte sur del altiplano boliviano.
 
Si bien la zona contuvo en el lejano pasado a un inmenso mar interior -teoría decimonónica que trata de explicar el fenómeno- lo cierto es que su origen tiene más que ver con el relave de la zona; las aguas pluviales terminan acumulándose en ese sitio y luego se evaporan, quedando solamente la sal que ha sido arrastrada desde los cerros y los valles muy ricos en minerales y sal. El fenómeno es extremadamente interesante. Cuando se sacan bloques de sal de la superficie, se pueden reconocer en éstos distintas capas, algunas más limpias que otras, y esto da un efecto de corteza, como la que se ve en los troncos de los árboles, que ayudan a calcular la antigüedad de los mismos.
 
Aunque la sal ha dado increíbles riquezas en algunas partes del mundo -especialmente en Europa- y sobre su comercio y monopolio se han fundado dinastías e incluso, en otros lugares, el poder mundano de algunos príncipes de la Iglesia, la sal no ha dado gran riqueza en los alrededores de Uyuni, ha permitido eso sí, un determinado comercio, y por ende un modo  de vida. Hasta antes de ayer se movían todavía inmensas caravanas de llamas cargando bloques de sal, que iban hasta los más recónditos valles del Ande boliviano, y a veces cruzaban fronteras. Hoy en día, aunque aparentemente todavía hay residuos de ese antiguo oficio de llameros, los nuevos medios de locomoción han suplantado ese tráfico que tanto hacía al paisaje.
 
El salar de Uyuni es un desierto dentro del desierto, una zona agreste y dura donde llueve poco y crece muy poco. Para llegar allí, si se lo hace por Oruro, se pasa por zonas casi completamente deshabitadas donde, de rato en rato, uno puede toparse con iglesias enanas, y con chullpares, mudos testigos de la vida de las gentes desde antes de la conquista española, y de la cristianización, testigos también, por su simpleza, de las duras condiciones de entonces y de casi hasta ahora. Pero no se crea que un paisaje así de agreste, seco y exento de árboles no es bello ni conmovedor; todo lo contrario, puede llegar al alma. Son esas planicies, esos horizontes y los montes desnudos los que hacen sentir a la gente que está más cerca de la divinidad. De hecho, a un lado del salar, en su orilla sudeste, se alza imponente Thunupa, una montaña femenina, divinidad femenina que, sin embargo, tiene su origen como dios masculino en el norte, en las riberas del lago Titicaca. Misterioso fenómeno de transformación sexual mitológica. Thunupa, bella montaña, alberga huellas de un pasado lleno de rituales que hoy se pueden atestiguar, y que, de alguna, manera mantiene su vigencia o la va recuperando a partir de los nuevos vientos que soplan en el país.
 
Mientras los esotéricos pueden acercarse con facilidad a la divinidad, los mortales comunes, cuando están en el salar, sienten también algo especial relacionado a ese surrealismo paisajístico que ha sido mencionado previamente: una inmensa planicie, una alfombra de sal con un diseño de formas hexagonales dibujadas por la naturaleza misma, hechas a plan de evaporación e inspiradas en formas de cristales y moléculas.
 
La increíble planicie, el suelo blanco y el cielo  azul -generalmente sin una nube- invitan a jugar con imágenes. Los turistas, que vienen de  muy diversos países, toman fotografías creando distorsiones ópticas, así, una botella termina siendo más grande que una persona; se retratan como sentados en la mano del amigo o sobre los lentes de la novia. Los más avezados posan desnudos porque el estar allí, en el medio de nada, les invita a hacer alguna pequeña locura, a dar rienda suelta a ese poco de irreverencia que toda persona normal carga siempre consigo, pero que a veces la esconde hasta ahogarla.
 
Si la pregunta es cuál es la mejor época para visitar el salar, la respuesta es que si uno vive en Bolivia debería ir por lo menos dos veces: una en época de lluvias, mejor dicho cuando las lluvias ya han inundado buena parte de esa inmensa planicie, porque es como ir por un momento al cielo, pero en auto. Es como estar en un lugar donde no se distingue entre el cielo y la tierra,  como viajar en  carro estando entre nubes. Nefelibatas se les dice a quienes andan en las nubes. Y una segunda vez en el invierno, o a partir de mayo, cuando las aguas han desaparecido de la superficie del salar y se lo puede cruzar sin problemas, visitando la famosa isla Pescado -así llamada porque en lontananza se la ve como si fuera uno- que ahora lleva el nombre de Inca Llajta y donde un bosque de centenarios cactus le añade belleza al lugar. 
 
Hace ya más de 20 años,  a un joven empresario potosino sin capital pero con gran ingenio se le ocurrió, viendo los adobes de sal que utilizaban algunos de los pobladores de la ribera, construir un pequeño hotel de sal. Juan Quezada pudo inaugurarlo el año 94, a fines del siglo pasado. El establecimiento cobró pronto fama mundial, convirtiéndose en uno de los 10 hoteles más extraordinarios del globo; decenas de reportajes en la prensa especializada de viajes lo hicieron conocido, y así se conoció más el salar. La historia de este emprendimiento no fue fácil; burocracias, envidias e inundaciones se interpusieron en el camino, pero hoy, la idea ha cundido y los hijos de Quezada, muerto en un fatal accidente hace unos años, manejan el Palacio de Sal, el hotel de sal más grande de la zona. Hay otros tres hoteles construidos siguiendo el ejemplo del primero, y ese es el núcleo de la oferta hotelera del atractivo turístico más importante de Bolivia.
 
La entrada más lógica para el salar es sin lugar a dudas la ciudad de Uyuni, creada a fines del siglo XIX como nudo ferroviario y como centro de acopio para la minería. Es un lugar sin mucha gracia, con enormes calles por las que transita ante todo el viento. Pésimamente tratada y con muy pobre infraestructura, no invita, pero es un lugar que tiene ahora una innegable importancia; la obra estrella del municipio -al menos así lo dicen los letreros- es la ampliación del cementerio.
 
El próximo año, el Dakar de motocicletas y cuadratraks pasará por el Salar; será un interesante evento para los que participen en la carrera, pero sin duda la peor fecha para tratar de conocer los verdaderos encantos de ese fascinante lugar. 
 
Por Agustín Echalar, Fotos Gastón Ugalde

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